Viaje al centro de uno mismo




“El viaje de la vida”. El lenguaje en sí, es una herramienta que nos ayuda a comprender. Si nos detenemos a analizar las frases que utilizamos, a investigar su procedencia y que originó su formulación, podríamos llegar a comprender bastantes cosas. Entonces nos sorprenderemos de que algunas palabras esconden secretos y algunas frases verdadera joyas. El viaje de la vida es una forma de expresión que nos indica que existen tantas formas de viajar como formas de vivir. Que nuestra forma de viajar quizá vengan reflejadas nuestras necesidades en la vida y nuestras alegrías. Pero también nuestros conflictos.

En ocasiones a los ya “viajados”, se les antojan otros sueños, otros lugares. Pero también otras formas de viajar. Quizá anhelan estar de vuelta en compañía. Porque un día te mostraron, o tarde o temprano aprendes, que la mejor manera de viajar es compartir el viaje. Pero compartir el viaje, no nos engañemos, no es viajar acompañado. Como compartir la vida, no es vivir en compañía.

Viajar en soledad sin sentirse solo. Ser dos, o más, sin obligar a nada. Caminar sin atar al otro. Viajar solo no significa viajar sin compañía, al igual que viajar acompañado no significa que debas ir acompasado. Es querer compartir las soledades. No ser guía de las experiencias, ni influencia de las expectativas. Que cada uno tiene derecho a su propio sueño. Que cada viaje es único y nunca se vuelve dos veces al mismo lugar. Porque ni siquiera es la misma persona la que regresa.

Compartir el viaje. Nutrirse de los sueños del otro, de las ilusiones de otro. Compartir las experiencias y los pasos, los gustos y las conversaciones, duplicar los sentidos y los placeres. Recuperar las exaustas ansias de seguir y las extintas llamas de improvisar. Volver, regresar, revivir… Reavivar, renacer, redescubrir, reaprender. Esculpir otra capita de uno mismo y retomar ese borrador constante de la personalidad.

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